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El problema no son los mercados sino la política

23/12/2010 | José María Zufiaur | Fundación Sistema

Quien posee la ley, domina los mercados. Fue la política la que controló los mercados, tras la gran depresión de los años treinta del siglo pasado. Y lo hizo mediante leyes que separaron los bancos de depósito de los bancos de inversión, estableciendo un conjunto de reglas en el sistema financiero a través de los acuerdos de Bretton Woods, dando derechos al trabajo y estableciendo protecciones sociales derivadas del mismo. El New Deal norteamericano, el Estado Social europeo y la declaración de la OIT sobre los fines y objetivos de la Organización internacional del trabajo, de 1944, conocida como Declaración de Filadelfia fueron instrumentos principales para asentar la primacía de la política sobre los mercados.

Fue también la política quien volvió a sacar el monstruo de la botella. No sólo Reagan y Thatcher. También demócratas americanos, como Carter y Clinton, cuya ley Glass Steagall deshizo lo que antes de la segunda guerra mundial se había regulado. También los socialdemócratas europeos contribuyeron poderosamente a que el discurso dominante fuera el de la autorregulación de los mercados y la gestión del riesgo. Un ejemplo de ello fue el socialista Pierre Bérégovoy, autor de la gran reforma de los mercados financieros en Francia. Pero no fue el único, muchos de los gobiernos socialdemócratas de la época, también en nuestro país, practicaron tales políticas.

Y, sin otra alternativa posible, tendrá que ser de nuevo la política quien vuelva a someter los mercados al imperio de la ley.

El problema es que la política no quiere ni es capaz de imponer su ley. Las causas son diversas: por los intereses divergentes de los grandes países respecto al aprovechamiento de la crisis, por el aplastante predominio de la ideología neoliberal o por la vinculación con el sistema financiero y económico. En este último caso puede deberse a que un determinado país seauna plaza financiera muy importante, al apoyo que en algunos países las campañas de los partidos reciben de las grandes corporaciones, o al recorrido de ida y vuelta entre sector público y empresa privada que practica, de forma creciente, una parte importante de la élite política, –.

La incapacidad del G-20 ampliado – los países más ricos y poderosos del mundo – para haber llegado a acuerdos efectivos de regulación del sistema monetario internacional es una prueba evidente de ello. Es seguro que algún día se llegará a un acuerdo. Acuerdo que, desgraciadamente, no parece inmediato. El problema es el precio que vamos a pagar por ese retraso. Mientras tanto, grandes países y continentes se preparan para estar en las mejores condiciones de negociación. En cuanto a la UE, su incapacidad para hacer frente a los problemas que afectan a algunos países de la zona euro y, por extensión, a la misma euro-zona son muy decepcionantes y preocupantes.

La cumbre europea de los pasados días 16 y 17 de diciembre no ha tomado decisiones que despejen las incertidumbres que pesan sobre la UE y, especialmente, sobre algunos de sus Estados miembro. Los jefes de Estado y de gobierno se han puesto de acuerdo en crear un Fondo de apoyo permanente (que será creado el 1 de enero de 2013) “que podrá ser activado si resulta indispensable para salvaguardar la estabilidad del euro en su conjunto”. Entretanto, han rechazado aumentar la dotación del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera; y el Banco Central Europeo se ha mostrado dispuesto a aportar cinco mil millones de euros suplementarios, para afrontar la volatilidad de los mercados. Con lo que llega a una suma para estas contingencias 24 veces inferior a la que ha puesto a disposición la Reserva Federal norteamericana.

Además, ha rechazado todas las grandes propuestas que, desde primeros ministros a economistas de múltiples tendencias, vienen reclamando: 1) reestructuración de todas las deudas de los Estados más fragilizados, compra masiva por parte del Banco Central europeo de la deuda que tienen ciertos bancos, procediendo a una emisión de moneda, una quantitative easing, como lo han hecho los Estados Unidos; 2) crear una agencia europea de la deuda y mutualzar las deudas hasta un porcentaje del 60%; 3) emitir euro-obligaciones con el fin de reducir el diferencial de las tasas de crédito entre los países; 4) prohibir ventas a corto plazo de seguros de las deudas, como han propuesto los alemanes; 5) gobernar realmente las políticas macroeconómicas, orientándolas no al dumping salarial y social como alternativa a las devaluaciones monetarias sino a un desarrollo común y coordinado de la demanda. En lugar de eso la gobernanza económica y social aprobada por el Consejo está concebida para forzar a los Estados a organizar una contracción coordinada de la demanda y a proseguir con las políticas de no cooperación mediante las que cada Estado trata de salir de la crisis en detrimento del otro; 6) poner en marcha una suerte de federalismo fiscal que acelerase la convergencia económica entre las regiones más y menos favorecidas, como se hace entre los Länder alemanes y los Estados federales en Estados Unidos; 7) una mayor armonización fiscal; 8) un presupuesto comunitario que pase del 1% al 5% del PIB comunitario; 8) aumento del consumo en los países excedentarios, especialmente en Alemania.

Poner en práctica este tipo de propuestas, hacer, en definitiva, una Unión monetaria menos asimétrica y más completa, seguramente va a ser difícil, aunque entiendo que no imposible, dado que el riesgo de quiebra de algunos Estados europeos arrastraría al conjunto de los integrantes de la zona euro. Por ello, en el peligro puede estar también la

salvación. Siempre que la situación no se deje pudrir demasiado de modo que las soluciones lleguen cuando ya sea tarde.

Extraña y deprime, en este sentido, la falta de reacción, de coordinación y de estrategia común de los partidos socialistas y socialdemócratas europeos frente a la inanición de la política europea ante los mercados, frente al hegemonismo de Alemania, Francia e Inglaterra en la imposición de las políticas a adoptar, frente al desmantelamiento del Estado social que tales políticas implican.

¿Cómo es posible que los grandes líderes de la izquierda europea no se hayan reunido para defender una integración europea acorde con una moneda única y unas políticas que combinen austeridad con relanzamiento, que respondan al desafío que plantean el saneamiento de las cuentas públicas y la deuda, pero también el necesario cambio de modelo productivo como consecuencia de las exigencias medioambientales y, por otro lado, el necesario mantenimiento del Estado del Bienestar? ¿Cómo es posible que no reaccionen si a lo que se arriesgan – como le sucedió en su día al comunismo – es a ir despeñándose hacia la irrelevancia?

No es fácil tampoco dejar de pensar que Alemania y Francia están aprovechándose de la crisis para tratar de comprar – cada uno en su ámbito de influencia – los activos de los países de la Unión en mayores dificultades dejando que su valor se deteriore y se tengan que vender en la masa de la quiebra. Están, desde luego, interesados en el rescate de España, lo que equivale al rescate de sus propios bancos. Pero también en las oportunidades que se pueden derivar para sus propias empresas de la crisis que los países “periféricos” atraviesan. China ha mostrado mucho interés en comprar créditos y bienes de los países europeos más endeudados. ¿Es descartable que los países económicamente más poderosos de la UE también pudieran estar manejando este componente en las políticas que están imponiendo frente a la crisis de algunos países del euro?

Imponen también una serie de recortes y contrarreformas sociales queno sólo les pueden venir bien si sus empresas penetran más en estos países sino que, además, les pueden servir como elemento de presión para reducir, en sus propios países, los derechos y las prestaciones sociales.

No son, pues, tanto los mercados como la política los culpables de lo que está pasando. El mayor déficit que padece Europa es el de voluntad política. El mayor horror no es, como titulaba uno de sus libros Dominique Méda, “el horror económico”, sino el político. Un horror que está incubando miedo entre la ciudadanía. Y que está alimentando la intolerancia, el racismo y las fuerzas de extrema derecha en Francia, Austria, Suiza, Suecia, Bélgica, Holanda, Reino Unido. Una razón más, muy poderosa,

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