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La gran regresión

30/11/2010 | José María Zufiaur | Fundación Sistema

Los mensajes contradictorios de los dirigentes europeos han despertado de nuevo, tras la crisis griega de la primavera pasada, la inquietud de los mercados. Por una parte, el Consejo europeo ha afirmado su voluntad de convertir sus mecanismos de rescate (hasta un límite de 750 mil millones de euros), que finalizan su vigencia en 2013, en permanentes. A tal fin, Alemania exige que ello figure en los Tratados de la Unión, lo que implica su reforma. Cuestión nada sencilla después de lo que costó aprobar el Tratado de Lisboa. Además, Alemania ha enviado un mensaje contradictorio con lo anterior: la posibilidad de que los mercados, es decir los acreedores – bancos y fondos de inversión, fundamentalmente – tengan que asumir sus responsabilidades ante la posibilidad de quiebra de un Estado. Mediante, por un lado, la aminoración del valor nominal de los bonos del Tesoro del país afectado; y, de otro lado, ampliando el plazo de la devolución de la deuda.

Para complicar aún más las cosas, las autoridades alemanas han dicho, por un lado, que tal supuesto de intervención de los acreedores no sucedería hasta después de 2013, cuando finalice el plazo dado a la existencia de los mecanismos de rescate europeos; pero, por otro, han afirmado que ello podría empezar a aplicarse ya desde 2011. Seguramente la Sra. Merkel ha tratado de tranquilizar a sus electores, responder a las exigencias de su Tribunal Constitucional e, incluso, ha hecho gala de un cierto sentido de justicia al exigir que los culpables de la crisis contribuyan a su financiación. Pero su mensaje contradictorio ha sido totalmente inoportuno en el tiempo, desatando la intranquilidad y la avaricia de los mercados y su ataque sobre Irlanda y otros países de la zona euro.

Más allá de ese problema táctico, la actitud de Alemania indica el gran problema político que afecta a la Unión Europea: la negativa a establecer una arquitectura monetaria, fiscal, presupuestaria, productiva, social acorde con la enorme cesión de soberanía que ha supuesto la moneda única. Si hay una única moneda en la Europa unida debería también existir un Tesoro comunitario, con bonos de deuda europeos.

2.- Recortar, recortar, recortar (a los más vulnerables, por supuesto) no puede ser la salida. Recientemente, Lionel Jospin ,ex primer ministro francés, y Michel Aglietta, reputado economista de la escuela de la regulación, han escrito un artículo conjuntamente (Le Monde, 23 de noviembre de 2010) en el que sostienen que Europa ha escogido un mal camino para afrontar la crisis.

El primer error que señalan es que los planes de relanzamiento económico fueron demasiado tímidos. Con el de 2009 se preveía que el déficit medio aumentaría sólo hasta un 1,1% del PIB: en realidad aumentó, de media, hasta un 4,6%, cuatro veces más. De tal manera que ha sido la recesión y no los planes de impulso económico los que han situado los déficits en los altos niveles que hemos conocido: 32% en Irlanda, más del 10% en Reino Unido o España, 8% en Francia, 6,5% en Alemania.

El segundo contrasentido es haber escogido, todos al mismo tiempo dentro de la UE, la estrategia de austeridad. Lo que yugula la demanda privada. Empresas, familias, entidades financieras deben desendeudarse, los bancos no prestan dinero y la deflación salarial y el paro se retroalimentan.

La consecuencia es una aguda situación de insuficiencia de la demanda. Sin embargo, todo se deja al albur de la poción mágica de la austeridad. Da la impresión que por arte de magia de pronto todos los factores negativos que pesan sobre la economía real se van a esfumar: las familias se van a lanzar a consumir y las empresas a invertir y a crear empleo. Por el contrario, lo más probable es que la envolvente de la austeridad en el actual contexto (todos practicándola al mismo tiempo, práctica imposibilidad de reducir ya más los tipos de interés, sobrevaloración del euro como consecuencia de la política monetaria de Estados Unidos) conduzca a que los déficits no disminuyan a falta de ingresos fiscales, a que las deudas públicas aumenten y a que aumente también el desempleo. Sin descartar que las tensiones sociales se agraven y los movimientos nacionalistas y populistas se refuercen.

De forma creciente se manifiestan voces autorizadas en Europa – entre ellas la de la Confederación Europea de Sindicatos – que alertan sobre el riesgo de esta política. Un riesgo que puede afectar a la propia superviviencia del euro y de la actual Unión Europea. Tales voces reclaman una política que se oriente hacia el crecimiento. Sin que ello signifique abandonar el necesario control de las cuentas públicas. Pero en un horizonte realista. Tal y como analizan Aglietta y Jospin “como en toda crisis financiera importante, sus secuelas se van a prolongar a lo largo de un decenio”. Los Gobiernos deberían, por tanto” programar un restablecimiento de los equilibrios presupuestarios para el fin del decenio y abandonar la ilusión absurda de un retorno rápido de las deudas públicas al 60% del PIB, mientras que todas las organizaciones internacionales prevén un ratio deuda/PIB en torno al 110%-120% de media en el conjunto de la OCDE”. Una ilusión absurda como es la que propone la UE para Irlanda: ¡reducir su actual 32% de déficit público al 3% en 2014!

Finalmente, los autores del artículo que comentamos, consideran que en el momento actual el crecimiento depende, de manera crucial, de las políticas públicas. Para compensar la insuficiencia de la demanda privada, para mejora la competitividad de varios países europeos, incitar a nuevas inversiones productivas y encontrar los medios para financiarlas. Mucho más teniendo en cuenta que la debilidad de la demanda actual es la consecuencia de una evolución que viene de lejos. Es la deformación, acumulada a lo largo de decenios, en el reparto de la riqueza que, a su vez, ha conducido a la fuga del endeudamiento, a la exorbitante primacía de las finanzas sobre la economía, a la masiva pérdida de ingresos fiscales en beneficio de las fortunas privadas y a una sistemática presión en contra de los salarios.

Para volver a la senda del crecimiento, Jospin y Aglietta proponen, finalmente, el incremento de la remuneración, por distintas vías, del trabajo, acabar con el dumping fiscal en la UE, reformas fiscales progresivas y cambiar el modelo económico de los treinta últimos años. Un modelo caracterizado por “el predominio del valor del accionista, la hipertrofia de las finanzas especulativas, las exigencias financieras incompatibles con la rentabilidad de las empresas, una fiscalidad favorable a los más privilegiados y el aumento de las desigualdades sociales”.

3.- La Gran Regresión social. Después de que durante los dos primeros años de la crisis los liberales – y no los socialistas, ni los socialdemócratas, ni siquiera los keynesianos - aplicaron sin ningún complejo todos los mecanismos del Estado para salvar a los rentistas, ahora, se emplean a fondo para convencernos de que la crisis del endeudamiento privado provocado por los banqueros es, en realidad, una crisis de la deuda pública. Crisis inducida por el despilfarro de los Estados, el envejecimiento de la población y la excesiva generosidad de las protecciones sociales. De tal manera que se proponen completar la obra de desmantelamiento del Estado social.

Un desmantelamiento que, en realidad, ya empezó al final de los años 60 y principios de los 70, cuando se fueron progresivamente eliminando todos los elementos de regulación que se establecieron tras la Gran Depresión de 1929, para domesticar al capitalismo financiero: control de precios, escala móvil de salarios, política monetaria decidida por los Estados y otras regulaciones nacidas del New Deal y de la post-guerra europea. Por ejemplo, la ley Glass Steagall, de 1933, que hacía incompatibles la banca de depósito y la banca de inversión. Ley, por cierto, eliminada por el Presidente Clinton en 1999 en pleno delirio de desregulación financiera. De aquella decisión surgieron los lodos de la crisis que estamos padeciendo. También surgieron una ideología y unas políticas que no sólo ha practicado la derecha sino que han penetrado en las formaciones tradicionales de la izquierda, especialmente las socialdemócratas.

Esta ideología ya no sólo pone en cuestión el Estado Social, sino la propia democracia. La actual dictadura de los mercados, ante la impotencia resignada y consentida de la política, es la mejor prueba de ello.

Tal doctrina ha tenido muchos profetas. Desde Hayek, premio Nóbel de economía en 1974, quien, ante la Declaración Universal de 1948, decía que los derechos económicos y sociales en ella reconocidos “no podrían ser convertidos en leyes obligatorias sin destruir, al mismo tiempo, el orden de libertad al que tienden los derechos civiles tradicionales”. Y añadía que tal declaración “establecía una democracia ilimitada” y, en consecuencia, “una vez que demos licencia a los políticos para intervenir en el orden espontáneo del mercado ello conducirá a una lógica en la que la política dominará, crecientemente, a la economía”.

Es también premonitoria la frase de Alain Minc, intelectual francés cercano a la derecha, quien en 1984 afirmaba que “el sistema público no retrocederá más que cuando sea atrapado por la tenaza de unos déficits públicos insoportables y de recursos debilitados por la reducción de impuestos”

No menos ilustrativo es el análisis de Denis Kessler, ideólogo de la patronal francesa, que afirmaba, en 2007, ante las reformas anunciadas por Sarkozy: “El modelo social francés es un puro producto del Consejo Nacional de la Resistencia. Ha llegado el momento de reformarlo, y el Gobierno está en ello. Los sucesivos anuncios de reformas hechas por el Gobierno pueden dar la impresión de ser poco profundas, dada su variedad: estatuto de la función pública, regímenes especiales de jubilación, refundación de la Seguridad Social…Pero si las miramos de más cerca, se puede constatar que existe una profunda unidad de fondo y un programa ambicioso. La lista completa de reformas? Es simple, pensemos en todo lo que ha sido implantado entre 1944 y 1952, sin excepción. Ahora se trata de salir de 1945 y deshacer metódicamente el programa del Consejo nacional de la Resistencia. Poner en entredicho a los padres fundadores sólo es un problema psicoanalítico”.

En conclusión, quienes están en la tarea del desmantelamiento del Estado social y en conducirnos a la Gran Regresión social, se están aprovechando esta nueva gran crisis primero financiera, luego económico-productiva y finalmente política (por la incapacidad de la izquierda para presentar otra alternativa). Acabaré recordando a Ronald Reagan, quien en 1986 dijo algo actualmente tan de moda “He pensado siempre que las palabras más terroríficas de la lengua inglesa eran: yo soy del gobierno y estoy aquí para ayudarle”.

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