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Primavera rota

16/12/2010 | Rosa Maria Garcia Barja

A veces, la veo tras los visillos de la cocina, solo asoman sus dedos entre los encajes.

Me recorro la calle, es mi trabajo, recojo las hojas secas de todos los otoños.

De repente, desde la cárcel blanca de la cortina vuela una hoja de un árbol extraño que se desnuda y cae a mis pies.

Es como un grito callado.

No tengo porque alarmarme ni compadecerme de cada desarraigo, de cada desnudez de acacias, magnolios o mirtos. Pero me agacho y guardo en el bolsillo ese trozo de papel blanco refugio quizás de primaveras rotas.

En seguida se oye un golpe seco, los cristales tiemblan ante la violencia de la voz: ¡Te tengo dicho que no te asomes a la ventana!

Y huyo aprisionando el testigo de tanta libertad.

Me tiemblan las manos cuando en el rincón a salvo de mi casa, me dispongo a leer la carta.

“Se que no es de noche porque oigo el vaivén de tu escoba por la acera, no se que color tiene la mañana, ni como sonaría mi voz para darte los buenos días. Los golpes han caído con fuerza la pasada noche y mi mudez está justificada porque me atenaza el cuello la correa del perro. Estoy de rodillas porque es muy corta, así no tendré tentación de mirar a la calle... y de mirar, vería la lluvia de color púrpura.

Llueve ¿verdad? Yo digo que llueve cuando mi pequeña me dice que no llore y yo le digo que he mirado al cielo y me he mojado, que quise coger un trocito de arco iris para pintarle un beso... mi niña se ríe y me cree capaz de todo.

Mi casa está siempre a media luz, no hay que alertar si la sangre ha teñido -sin querer- el suelo. Debo ser muy torpe, nunca luce nada de lo que hago... mi madre me dijo que yo debía ser la esposa perfecta, no se en que me equivoqué. Yo soy una inútil, dice mi marido.

Cuando estudiaba, cuando me arreglaba, cuando tenía amigos, yo creía que era feliz.

Ahora que en mi casa no hay libros ni espejos, ahora que la palabra amigo es solo una amenaza, me doy cuenta de todo lo que me queda por aprender.

Claro que duele... aprender duele. Pero es por mi bien, me dice tapando con besos los moratones de mi pecho. Me ahogo a ratos, y el miedo ulcera mi sonrisa...

Yo no sabía que el amor solo existía entre estas cuatro paredes, y hoy, aprovechando un resquicio de lucidez, una tregua del dolor de mis costillas, y el olvido de este papel sobre el fregadero, quise compartir contigo la espiral de viento que me arrastra.

Como una hoja más... a la basura.”

En Sevilla, a 2 de octubre del 2008

Fdo.

Nadie

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